MITOLOGÍA JAPONESA

OTRAS NOTAS SOBRE MITOLOGÍA JAPONESA

Características elementales

Los kami, corporalmente, son como los humanos, con todas las cualidades y defectos que estos poseen. Los dioses suelen presentar dos caras, una pacífica y benévola, y otra colérica y dañina. Si bien todos los kami pueden producir el mal, como consecuencia de sus acciones, no existe ninguno que sea intrínsecamente maligno. La categoría de seres malvados por su propia naturaleza residen en los infiernos, y no pertenecen propiamente al ámbito de los kami, aunque puedan vivir en los mismos lugares. Los “demonios” u oni personifican las epidemias, los terremotos, las inundaciones y otras catástrofes, pero, como hemos dicho, estos sucesos también pueden ser causados por los kami. Por otra parte, los kami no son omniscientes, es decir, no poseen un conocimiento absoluto: los que están en el Cielo no saben lo que pasa en la Tierra. Para enterarse tienen que valerse de mensajeros. Tampoco conocen el porvenir, y tienen que recurrir a prácticas adivinatorias para preverlo.
 

Agrupaciones temáticas de dioses

Dioses de los astros


Sobre la multitud de los dioses de la religión shinto, la diosa del Sol, Amaterasu, ocupa indiscutiblemente el primer lugar. Los japoneses la veneraron, y la veneran, no sólo como el astro que les da calor y madura sus cosechas, al que saludan cada mañana batiendo palmas, también la adoran como deidad espiritual y antepasado de la familia imperial.
El templo principal de Amaterasu está en Ise, y en él se conserva el espejo sagrado, que es el shintai de la diosa del Sol, es decir, el objeto en el cual entra el espíritu de Amaterasu para asistir a las ceremonias del culto y escuchar las plegarias de los fieles. En el recinto del templo de Ise hay siempre multitud de gallos, a los que, como anunciadores de la aurora, se considera consagrados al Sol.
El dios de la Luna, creado por Izanagi al lavarse el ojo derecho, es Tsuki-yomi, cuyo nombre, literalmente, significa “contar los meses”. Evidentemente, esta denominación hace referencia al primitivo calendario japonés, que, como en otras culturas antiguas, era de carácter lunar. En un dios masculino, que también es venerado en Ise.
El dios de las estrellas, Amatsu-Mikahoshi (“la augusta estrella del Cielo”), no aparece citado en las primitivas leyendas. Cobrará más importancia, cuando, bajo la influencia de los mitos chino y budista, se confundirá con la estrella polar, Myôken, en sánscrito Sudarsana.
La leyenda de la conjunción anual de las estrellas del Boyero y la Tejedora sobre la Vía Láctea, llevada al Japón en el reinado de la emperatriz Kôken (hacia 750 d.C.), se aprovechó para instituir la fiesta de Tanabata, que se celebra la séptima noche de la séptima luna.

Dioses meteorológicos

De los dioses de la Tormenta y del Trueno, el primero es, lógicamente, Susano, que también figura asociado a los ritos agrarios. También recordamos que las narraciones primitivas citan a los dioses del Trueno, en el episodio de la muerte de Izanami: los ocho Truenos daban guardia a su cadáver y persiguieron a Izanagi. Sin embargos, estos Truenos, más que fenómenos atmosféricos, según algunos autores representarían los ruidos subterráneos, tan frecuentes en un país volcánico como Japón. También es dios del drueno Take-Mikazushi, que los dioses enviaron para acabar con una “rebelión” en Izumo. Los árboles hendidos por los rayos (kaontoki-noki) se consideran sagrados y está prohibido talarlos.

En los templos dedicados a Kami-Nari, “dios del rugido del Trueno”, el shintai es una espada, símbolo del rayo.La lluvia tiene dos deidades principales: Taka-Okami, que reside en las montañas, y Kura-Okami, que habita en los valles; esta última dispone de la lluvia y de la nieve. El ceremonial de la época Engi (901-922 d.C.) enumera los ochenta y cinco santurarios a los que, en caso de sequía, enviaba el emperador a sus emisarios para hacer rogativas a los dioses de la Lluvia, lo cual indica su importancia.

Del aliento del dios Izanagi nació el dios del Viento, Shina-Tsu-Hiko, y para disipar la niebla que cubría la Tierra, el mismo dios creó la diosa Shina-to-Be. El santuario de los dioses del Viento está en Tatsuta. El ryôbu-shintô, especie de sincretismo entre el budismo y el shintoísmo, representa al dios del Viento con una faz horrible, llevando a la espalda un enorme saco en el que encierra los vendavales.

El dios de los Terremotos no figura en la primitiva mitología; hacia el año 600 fue instituido el culto de este dios, Nai-no-Kami, después de un terremoto que asoló varias islas del Japón.


Dioses de las montañas y de las aguas

De las montañas divinizadas por la mitología japonesa, la más venerada es, evidentemente, el volcán Fuji. En su cumbre existe un santuario que atrae a numerosos peregrinos. En la antigüedad estaba prohibida a las mujeres la ascensión a la montaña. Además del Fuji, existen otras muchas montañas sagradas, con templos dedicados a sus dioses.

El dios principal es O-Yama-Tsu-Mi, “el señor de las Montañas”, que nació cuando Izanagi cortó en pedazos al dios del Fuego, en castigo por haber causado la muerte de Izanami.

Los ríos tienen también sus dioses, con se designan con el nombre genérico de Kowa-no-Kami, aunque cada río tiene además su dios particular.

Las fuentes y los pozos tienen también sus dioses, algunos de carácter maléfico; por ejemplo, el enano Kappa, valiéndose de sus artes mágicas, atrae a los humanos al fondo de las aguas, para ahogarlos.

Existen multitud de dioses del mar. El más poderoso es O-Wata-Tsu-Mi. Izanagi, al lavarse de las impurezas infernales, creó a varios dioses del mar: el dios del Fondo, el dios de las Aguas Medias y el dios de la Superficie. El ceremonial de la época Engi menciona un templo al dios del Mar en la provincia de Harima.

Cuando las doctrinas del Ryôbu-shintô se propagaron por Japón, el dios del Mar quedó confundido con el dios hindú Varuna, con el nombre japonés de Suitengu, protector de los navegantes, que tiene santuarios en casi todas la ciudades.

El dios del Fuego y los dioses de los caminos

Ya hemos visto que el dios del Fuego abrasó a su madre Izanami al nacer, y su padre le descuartizó con su espada. En las plegarias se le invoca con el nombre de Ho-Musubi, “el que provoca el fuego”. En el Ryôbu-shintô se convierte en el dios del monte Atago, cerca de Kyôto. Dos veces al año, los sacerdotes celebran en el palacio imperial unas ceremonias para apaciguar al fuego y alejarlo de la mansión del soberano. El ritual de los santuarios prescribe un fuego “puro”, que los sacerdotes consiguen frotando dos trozos de madera del bosque de Hinoki, o golpeando un pedernal con un trozo de acero. Con este fuego, que los sacerdotes conservan en sus casas, se preparan las comidas del emperador. 

Las narraciones antiguas también mencionan infinidad de los dioses de los caminos: el dios de las Sendas Extraviadas, el dios de las Encrucijadas, el dios de los Caminos prohibidos... De estos dioses el que evita los accidentes a los caminantes es Sae-no-kami. Estos dioses no tienen santuarios. Dos veces al año, a la entrada de las ciudades o en el cruce de los caminos se celebran ceremonias en su honor.


Dioses silvestres y dioses domésticos

Entre los dioses nacidos de Izanagi e Izanami, se cuentan los dioses silvestres. El Kojiki menciona la diosa de las Hierbas, la de las Praderas, el dios de los Troncos de los ábroles, el Protector de las hojas, y muchos más. Además, cada árbol tiene su dios particular. Los árboles más notables por su longevidad, o la belleza de sus formas, o su desarrollo, son venerados y adornados con una cuerda de paja trenzada, de la cual penden unos carteles que indican al caminante la condición sagrada del árbol. Delante del árbol sagrado, o en su tronco, existe un espacio concreto en la que depositan sus ofrendas los fieles. La especie de árboles más venerada es el Sakaki, por el ser que los dioses eligieron para colgar el espejo ante la gruta de la diosa del Sol.

A Inari, dios del arroz, se le rinde culto como deidad que garantiza una abundante cosecha, pero también como protector de la prosperidad en general, y en condición de tal, sobre todo, por los comerciantes. El emisario de Inari es el zorro, y dos imágenes de este animal flanquean la efigie de Inari en todos sus santuarios. En la antigüedad también se consideraba a Inari protector de los fabricantes de espadas, aparte de los comerciantes y de los cultivadores de arroz.


Las piedras y las rocas también son objeto de veneración.

Entre los dioses domésticos figuran el dios que vigila el trabajo, llamado Ebisu, la diosa de la comida, Ogetsu-no-hime, estrechamente vinculada a Inari,  la princesa de la buena comida, que se venera en el santuario de Geku (uno de los más importantes después del de Ise), los dioses del Hogar, el dios de la Puerta de Entrada, Kamado-no-kami, dios de las cocinas, el dios del Horno, el dios del Caldero, el dios de las Habitaciones de Aseo, etc.
Otra categoría importante son las figuras históricas o semihistóricas divinizadas, especialmente los emperadores y emperatrices.  Una de ellas es el emperador Ojin (muerto hacia 394), famoso por sus hazañas militares y que fue deidificado posteriormente con el nombre de Hachiman, dios de la guerra. En numerosas regiones del Japón aún se conserva la costumbre de que los jóvenes celebran su mayoría de edad (a los veinte años) con un ritual en uno de los múltiples santuarios consagrados a Hachiman, especialmente el de Usa. Otra figura similar es la llamada emperatriz Jingô, divinizada por sus victorias militares en la península de Corea, y que tiene su principal templo en Sumiyoshi.
Esta elevación también podía realizarse mediante otros cauces. Así, desde el siglo XI fue común dirigir plegarias (por ejemplo, para solicitar la lluvia) a los gobernantes recientemente fallecidos, utilizando las mismas rogativas que las empleadas con los kami. 
El emperador Meiji, muerto en 1912, y su esposa, también han sido deidificado

El infierno y los demonios

Como hemos visto, bajo la Tierra están los Infiernos y el reino de los muertos (el “País de las Tinieblas”). En este reino se puede penetrar bien a través de la vertiginosa pendiente que se halla  en la provincia de Izumo, bien a través de un abismo que se halla en cerca de las orillas marinas.
En cualquier caso, en las más antiguas tradiciones mitológicas japonesas el infierno no parece tener un lugar especialmente destacado. Las primitivas creencias sobre la muerte tampoco se hallan muy especificadas, como si el sintoísmo tuviera horror al concepto del “no-ser”. Y por supuesto, la idea de recompensa o castigo después de la muerte se desconocía absolutamente en el Japón, hasta que el budismo la introdujo.
Sin embargo, a partir de este punto, se desarrollo un concepto de infierno muy parecido al mundo cristiano de la condenación, a donde van a parar los pecadores: el reino subterráneo de Jigoku, que está compuesto por ocho regiones de fuego y ocho de hielo.
El soberano de Jigoku se llama Enma-ho, y juzga las almas de los pecadores varones, asignándoles tras el juicio a una de las dieciséis regiones de castigo según el carácter de sus ofensas. La hermana de Enma-ho juzga a las pecadoras, según el mismo procedimiento. Como parte de este proceso, el pecador ve reflejados sus pecados en un enorme espejo, y las almas pueden salvarse mediante la intercesión de los Bosatsu o Bodhisatvas.
Otras clase de demonio que se encuentra en Jigoku, pero también en la tierra, está integrada por unos seres llamados Oni, fuerzas malignas responsables de todas las desgracias, como las enfermedades y las hambrunas, que también pueden robar almas y tomar posesión de personas inocentes. Aunque se considera a algunos Oni dotados con la capacidad de asumir forma humana o animal, o ambas, la mayoría resulta invisibles a los ojos humanos. Los adivinos, las sacerdotisas y las personas especialmente virtuosas pueden detectar a veces a estos demonios.
Antiguas explicaciones xenófobas insistían en que los Oni eran originalmente extranjeros que llegaron a Japón desde China, junto con el budismo.

Mitos budistas

El shintoísmo ha convivido con el budismo durante 1.500 años en el Japón, y con la influencia recíproca de ambas religiones, deidades shinto han adoptado formas budistas: por ejemplo, al dios de la guerra, Hachiman, también se le conoce como un Bosatsu, es decir, una encarnación de Buda (del sánscrito Bodhisattva). La mezcla de enseñanzas budistas y sintoistas también se conoce en muchos casos como Ryobu-Shinto, o “doble sintoismo”. Sin embargo, también existen numerosos Bosatsu que guardan poca relación, o ninguna, con el sintoísmo, y cuyos orígenes se remontan a China y, en última instancia, al norte de la India, cuna del budismo.

Entre las deidades más importantes destacan tres figuras que han tenido gran peso en la tradición popular: Amida, Kannon y Jizo. Amida-butsu (“Buda”), que deriva de la figura sánscrita Amitabha, es un Bodhisattva que demoró voluntariamente su propia salvación (es decir, su entrada en el nirvana) hasta que se hubieran salvado todos los seres humanos. Constituye el personaje central de las sectas de la “Tierra Pura” (Jodo-shu y Jodo-shinshu), basadas en la creencia de que, invocando a Amida en el momento de la muerte, los fieles pueden renacer en una hermosa “Tierra Pura” donde todos se verán libres del dolor y la necesidad hasta estar preparados para la Iluminación Final.
A Kannon, equivalente de la china Guan Yin y del indio Avalokithesvara, se le rinde culto bajo diversos nombres. Es el Bosatsu a quien acuden los creyentes en busca de misericordai y consejo, protector de los niños, las parturientas y las almas de los muertos. Una de sus manifestaciones más populares es Senju Kannon, o el “Kannon de los mil brazos”, todos ellos tendidos compasivamente hacia quien lo adora. En la iconografía japonesa se le suele representar con un Amida en miniatura sobre la cabeza, pues se le consideraba compañero de este Buda.
Jizo también guarda relación con los niños, sobre todo con las almas de los difuntos. En todo Japón, existen pequeños Jizo-yas, o templos consagrados a esta divinidad, pero es asimismo protector de quienes padecen dolor, y se le cree capaz de redimir las almas del infierno y devolverlas al Paraíso.